Vivimos en peligro

Por: Roberto Hernández Montoya

Una fuerza de ocupación bravuconea por Venezuela agrediendo, demoliendo, quemando a quien le dé la gana de condenar por el crimen de “parecer chavista”. Es un ejército extranjero aunque tenga cédula venezolana.

Pero no es solo el peligro físico, sino el síquico de volvernos monstruos. Nos acostumbramos sorprendentemente rápido al horror. Así lo testimonia gente salida de campos de exterminio, ponle. La noción de “yo soy yo y mi circunstancia” explica conductas monstruosas. Hannah Arendt presenció el juicio a Adolf Eichmann, uno de los administradores principales del peor crimen conocido de la historia inhumana: el holocausto. Se sorprendió al encontrarse con un personaje gregario, bruto, aburrido, nada que ver con Hitler. A raíz de eso desarrolló su célebre concepto de la banalidad del mal. En efecto, el mal puede devenir trivial, cotidiano, sin relieve, aburrido incluso. Como las guarimbas.

¿Cómo se vuelve cualquiera, tú o yo, un monstruo como Eichmann? Los monstruos existen y no tienen cuernos ni escamas verdes porque son gente. ¿Cómo se puede rociar de gasolina a un viandante, prenderle fuego, perseguirlo por la calle apuñalándolo, etc.? ¿Drogándose con Captagón? Pasó en Ucrania, lo perpetra el llamado Isis a diario y está ocurriendo por estas calles, a diario también porque es el mismo guión. ¿Vendrán decapitaciones públicas? No solo nos habituamos a padecer el mal, sino a infligirlo.

José Vicente escribió algo terrible: “Sin el componente violencia, carecen de la proyección mediática que les da fuerza y los promueve, ya que su capacidad estrictamente movilizadora es cada día menor” (Echar el resto, Últimas Noticias, 3/7/17). La violencia seduce y embrolla, como en las tragedias.

Añado algo terrible también: con los puñitos de gente que movilizan no tienen ni de lejos para provocar su ansiada conmoción institucional, tampoco tienen militares para un golpe. No les queda entonces sino una invasión, con fragmentos de tu familia regados, un pie aquí, un brazo allá, la cabeza rodando cuesta abajo, de tu bebé, porque la guerra no es bonita como en Hollywood, mira a Libia. Asómate y ve una guarimba. Es duro, pero es mi deber advertirlo.

Ahí está la Constituyente para impedirlo. Tú decides.